Josef Vrykolakas. El Upir.

En la época de Maximiliano de Habsburgo en que había disputas en las tierras Mexicanas, por querer imponer a un Emperador, cuándo necesitó el príncipe de las legiones austro-hungaras en sus tropas. El hecho histórico de sus diferencias son parte de los relatos que se dieron por las cuestiones políticas existentes que en su momento causó discordia. 
Entré la inconformidad que corría por los caminos y poblados dónde las tropas que apoyaban a Maximiliano tuvieron enfrentamientos, lo acontecido en las filas y el tropel de los caballos; con los sucesos que dieron muerte y enfermedad, y que afectaron a la población de estas mismas tierras; con las suposiciones y la veracidad de los hechos lo relatado parece inverosímil.
En aquéllas legiones que llegaron de aquel lado del mundo, y entré las filas un hombre que en un principio tuvo por la deserción, y que por instigación de sus superiores de llevar un compromiso con el Emperador participaría en las sucedidas batallas.
Era conocido como Josef Vrykolakas que sin tener alguna cercana relación con el Emperador, como tampoco pertenecer a alguna descendencia que lo auspiciara bajo el legado de Napoleon III; este llegó  a auspiciar sospechas que nunca tuvieron su sentencia.
En cada poblado las tropas allegadas a Máximiliano dónde encontraban refugio por sus partidarios, y en los lugares en que había que sostener batalla ocurría que al abandonar los poblados que hacían de cuarteles, en las cercanías aparecían entre la población extrañas muertes que llegaron a causar temor y miedo entre sus habitantes.
Algunos eran encontrados con el cuerpo seco como si solo hubieran saciado su sed de sangre, algún otro con la cabeza cercenada cerca del cuerpo separado de su tronco en un tajo con sadismo y sin misericordia.
La mayoría con la mirada perdida en la lejanía y estupefactos, que luego de lo ocurrido días después los pobladores padecían brotes de tuberculosis, y de lo cual ninguno lograba sobrevivir; lo ocurrido sucedía con la complicidad de cada noche mientras proseguían las batallas entre liberales y conservadores.
Desde que desembarcó con las tropas era difícil para Josef V. pasar desapercibido por su porte extranjero, y tenía una mirada como si contuviera alguna razón que hubiera descubierto y que lo llevara como un secreto: el velo de la muerte con su eternidad, lo que dictamina y señala a quién habría de morir bojo su auspicio.
Lejos de las confrontaciones se le miraba placido y con cierto dejo de placer, para después guardar el resto de la noche en sus aposentos, sin que nadie interrumpiera su descanso después de cada jornada, al menos que se prosiguieran los embates del ejército liberal, lo curioso era que se percibía un vacío en el lugar dónde se había librado la batalla.
Y así, como llegaron y sucedieron los crímenes ,así  también dejaron esta tierra, pero con los estragos de las infecciones que provocaron las enfermedades. Entre tanto seguian la discordancia entre liberales y conservadores; de extranjeros y propios del país en disputa por el legado político.
La peste, que de esa manera le llamamos, era indudable que se llego a gestar a partir de los decesos extraños e inexplicables, que se propagaba igual que las balas y sangre que corrían sobre las calles de aquéllos poblados. Lo era también la desolación y la duda que dejaron a su paso la guerra interior, la muerte; aquélla peste y, por supuesto, la aparición de los insólitos crímenes.
Cuándo llego el momento de que las tropas extranjeras dejarán tierras Mexicanas, Josef V. abordó el barco de regreso, junto con lo que quedaba de ésas tropas.
Una de las cosas más extrañas era su actitud ante la fe que profesaba la gente, y que miraba con incredulidad; distante siempre de las reuniones y de las celebraciones de la Iglesia. Esto acrecentaba las sospechas y lo tenían por un ser que negaba la existencia de Dios; y decían algunos que en su mirada, se veía, ahí, en lo profundo, el averno para los hombres en sus cuencas y el fuego que representa el infierno; que al llegar montado sobre su caballo les parecía verlo como mensajero de un castigo.
Todo volvió lentamente a la normalidad, a la vida común después del fusilamiento de Maximiliano en el cerro de las Campanas, el juicio a sus generales y del último de las tropas que dejó esta bendita tierra.
 La vida en las regiones dónde Josef V. combatió fueron dejando aquéllos sucesos en el olvido, y solo quedo en los anales de una historia qué se divulgo solo  por quiénes la presenciaron.
Ningún periódico publicó o hizo mención alguna sobre lo ocurrido y nadie diría después nada. Esto nunca llegó a oidos del emperador, tampoco a los escritorios de sus secretarios, pero sí a los ojos de los liberales.






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