La mesa y el escritor.
Lo que quisiera preguntar resultaría irrelevante, han pasado algunos años y al percatarse del cansancio que le invadía y con una pobredad intelectual que resultaba decepcionante, su espíritu olvidó debatir entre las certezas y la credulidad del porvenir.
Sus ambiciones eran reflejadas sobre aquella mesa en la que sostuvo con amenidad las visitas regulares, quiénes le veían como un verdadero escritor y conocían sus afectos, intenciones y predilección.
Sus convicciones las asimilaba, por completo, en la derrota personal y eso le haría caer en un suelo que había caminado tantas veces cuando la desilusión llegaba en el momento menos conveniente, un poco impertinente.
Sentía la necesidad de encontrarse con alguien más, aunque fuese algún desconocido a lado de esa mesa en una larga conversación con sinceridad y desahogo; imprecar de su ego intelectual de sapiencia y en el viejo arte de escribir. En la mediatez de poseer lo apreciado como también los méritos cubiertos de polvo, la realidad muestra su crudeza, la memoria flaqueze y los días transcurren solo con superficialidad.
Las generaciones necesitan una distinta interpretación de sus emociones.
Cuando vuelven sus remembranzas, en referencia, a aquella vieja mesa con sus diálogos y dónde estuvo llena de pretensiones, sin duda, fueron alimento de su vanidad y de lo más asequible, y así, por igual a sus ambiciones.
Y eso era comprensible. Habían sido solo un arrebato que el mismo comprendía.
Callar. Enmudecer. Negar lo innegable y saber que el escribir había sostenido su vida, la ambigüedad de su memoria le decía haber dado por terminado su ingenio y destreza. Pertenecía ahora a la obsolescencia.
Era obsoleto. Las letras como la necesidad de descubrir afluentes imperaba en un mundo social donde las costumbres son cambiantes. ¿De qué valdrían ahora, los viejos escritos, sus viejos escritos?
La nostalgia es efímera como un cauce de río inexistente y los hombres en su madurez prueban sus decepciones, las mujeres quieren olvidar sus prisas y los niños son solo un cúmulo de ilusiones.
En los faldones de esa vieja mesa entre las sobras y las migajas nada se tenía más por escrito, ni una sola conjeturacion, existían palabras que como siempre el viento arrastra al olvido y un poco de licor solivianta su ánimo y liviandad.
Los buenos escritos trascienden el tiempo y cuando las musas duermen junto a ellos ,solo esperan su lugar sobre fría piedra. Indudablemente llegará a ser más viejo y la antigua mesa seguirá ahí, en el mismo lugar dónde seguirá transcurriendo el tiempo, en un lento mudar y perder la memoria de quiénes sostuvieron sus voces en un solo un eco.
¿Cual es el precio de existir? ¿Quién vive desde un principio y quién después?
El vino sobre la mesa está lejos de disiparse, al contrario sigue en espera asido de la misma mano con igual apetencia.
La perdición en la vida del hombre a sido su ambición como lo muestran los anales de la historia, y la cordura es necesaria pertinente. Así que la vida se convierte circunstancial cuando la muerte es solo accidental, pienso que así es la conformación en lo mundano, de una vida en una metáfora y su existencialidad en la misma metáfora.
Los deseos se presentaron despiertos y estos saciaron su apetencia e irascibilidad entre líneas descritos. Los amores, algunos satisfechos, fueron encumbrado las risas de cada uno de los apetitos, aunque lo presencial de aquéllos días también quedaron en el desconcierto, sobre el mismo olvido y en la esperanza de la vanagloria.
Y ahora, en aquéllos faldones que cubren una mesa, que fue testigo de sus glorias y con los vasos de la memoria descubierta que se vuelve impostergable, será definida la permanencia de un solo hombre y del tiempo material que le ensombrece; descubiertas las dudas que lo enflaquecen y pierde sobriedad en lo sombrío de su existencial ser.Ad libitum.
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