La otra muerte de Gregorio Samsa
Antes de tratar conciliar el sueño se encontraba dentro de un paisaje que lo adentraba en un tiempo ,y que reconvenia en un pasado hasta hace unas breves momentos sucedido, como una ensoñación; y era en esos breves instantes cuando le venía a su cabeza la rutina que ejercía cada día.
El hecho de llegar a casa deshacerse del abrigo y ponerlo en el perchero, preparar el café a la hora predispuesta con tal puntualidad como la haría desde que ocupará su apartamento por el cambio de residencia de trabajo.
Debía guardar ciertas apariencias y en realidad era una persona honesta, entrañable por los viejos amigos ,nada tenía por ocultar ante terceras personas.
La noche transcurrió como un preámbulo a proseguir para el siguiente día con la esperanza de que las cosas serían mejor y, pensó habrá algún momento en que se vería con tranquilidad, con una vida realizada y con su propia familia; eso era lo que ambicionaba.
Era, sin darse cuenta, una vida con convencionalismos sociales; común, superficial y trivial.
Ahí se encontraba preparando la muda de mañana, quitando el polvo del abrigo que en el camino de regreso , al salir de las oficinas un viento fuerte de la tarde había provocado que se resguardarse en el único parapeto que encontró.
Lo restante de su vestimenta con la pulcritud para presentarse a laborar entre un escritorio y una multitud de papeleos, en la ejecución de ventas y cobranzas; así era en la continuidad de sus ambiciones que disimulaba al termino de cada día.
En esos momentos de tener presente sus vivaces recuerdos que se le presentaba en ése paisaje como una telaraña ,una neblina que le llevaba hasta su ventana dónde podía disipar sus viejos y anteriores recuerdos.
Es ahí que al abrir y extender a los lados los pesadas cortinas que mitigaban el correr del aire exterior para quitar la pesadez del interior, ahí tenía la memoria de su infancia que llegaba a su cabeza, como un cúmulo de fotografías que se le presentaban lenta y pausadamente.
Creía sobre aquellos años, que los instantes habían llegado a esclarecer el presente; su dolor, su pena; y en ocasiones su vergüenza infantil de sus debilidades; eran un pasado que nunca más vendrían a hacer un tropiezo con la realización de su vida personal.
Nadie creería que lo único recuperable de su espíritu sería la curiosidad intelectual y la admiración por algunos escritores, entre algunos, por Kafka; quién desde su juventud sintió una entrañable identidad por su apego a la lucidez, a pesar de sus enfermedades.
Pero ¿Cuál era la afinidad entre ambos? Sí, él era solo un hombre con una vida disciplinada para su propia realización; en cuanto a subsistencia personal se trataba en una sociedad indiferente. Lejos de ser Gregorio Samsa. El zángano.
Y su metamorfosis. El bicho.El insecto.
Pero su introspección le llevó a reconocer que dista en poco de ése carácter dócil del zángano. Del insecto. Que embullido en un precario cuerpo y obedeciendo a una irracionalidad, no encuentra opción alguna a la pérdida de comunicación con quiénes han compartido el techo y soportado entre sí.
Llegó incluso a percibir entre esas viejas cortinas una sensación similar a lo descrito en esa historia, como cuando lo leería por primera vez, un temor a lo descriptivo de la situación. Nada fuera de esté mundo. El miedo suele escabullirse.
Hasta que decidio correr una vez más las cortinas, no sin antes cerrar las ventanas para procurar dormir y descansar.
A las nueve de la mañana siguiente se encontraba en las oficinas pero, había un aire extraño y de lo cual se percato; que incluso sus compañeros se mostraban indiferentes, demasiado para evitarse preguntarles: ¿Cuál era el motivo de su indiferencia? ¿Que problemas llevaban cada uno de ellos que les indignada precisamente éste día? Creía que la oficina se había tropezado con algún inconveniente con la gerencia- Tal vez sea solo eso.- se dijo así mismo y continuó con las labores.
A las once precisamente al revisar los papeles y recibos de cobranza del día, al levantarse de su escritorio para dirigirse a la dirección de gerencia, casi con un infarto al corazón por la sorpresa, sus compañeros de oficina y las mecanógrafas habían abandonado sus labores ,y en su lugar solo se encontraban extrañas criaturas sentadas en sus mesas que trabajaban sin cesar con una suma monotonía que nada podría interrumpirles.
Parecían sentirse con agrado realizando sus tareas que nada les incomodaba, entre el ruido de las máquinas de escribir y un pequeño siseo que se miraban unas con otras.
Aquello era inverosímil pero, perturbaba la comprensión de su humanidad. Prefirió dirigirse a la dirección y el ambiente era el mismo, el director discutía con otros insectos al igual que él, transformadas sus míseras vidas en un débil y asqueroso zángano.
Tenia duda de abandonar de inmediato las oficinas pero siguió observando que algunos iban y venían como lo era cada día, incluso se percató del mismo reloj de bolsillo que pendía del costado del director y de algunas cosas singulares que no habían escapado a su vista.
Al fin se decidió salir de las oficinas y dirigirse a su apartamento, con la convicción de refugiarse hasta que él decidiera el momento conveniente para afrontarlo, cuando el miedo se disipase, y tratar de comprender lo que había sucedido.
Antes de llegar a su habitual apartamento, hubo de cuidarse de los demás zanganos que se encontraba en el camino; insectos que pululaban y se desenvolvian sin percatarse del cambio que surgía en ellos. Como si nada les sucediera caminaban sobre las aceras, se saludaban y se dispersaban sobre las demás calles.
Hasta que llego a su anhelado refugio, previno que puertas y ventanas estuvieran debidamente cerradas. Tomó el sillón principal y meditó lo que había presenciado, con calma y serenidad hasta encontrar una respuesta satisfactoria.
A los quince minutos todavía confundido escuchó el tocar en la puerta, se levantó y dudó en abrir hasta que se convenció de hacerlo, y ahí estaba en sus seis patas, con ojos profundos, oscuros y penetrantes; reconocio que era el cartero y entregándole un paquete para después marcharse, después de firmar la entrega, despidiéndose con una mano arriba como lo hacía siempre.
Pensó en ese instante que: ¿Acaso él también llegó a transformarse en un repugnante escarabajo? Con la duda y un terror sutil se aproximó al espejo más cercano, y antes de cerciorarse , y después de un aliento profundo se vio ante su reflejó, pero se encontraba tan íntegro como al salir por la mañana.
Se sentía satisfecho a pesar de encontrarse en un mal momento debido a las circunstancias existentes.Pero ¿ Que es lo que haría ante tal situación bizarra?
Tal vez mañana al despertar, si no la daba demasiada importancia como para desesperar, todo volvería a la normalidad. Así que decidido volvió un poco nervioso a sus vieja rutina preparándose para lo que sobrevendrá.
En su sueño alcanzaba a mirar como era asediado por los mismas personas, pero esta vez vueltos despreciables insectos, lo perseguían e intentaban entablar una plática que el no entendía, y que abordando el problema seguía permaneciendo entre ellos.
A la mañana siguiente tuvo un presentimiento.
Se miró, así mismo, sin poder moverse de su posición ,y por muchos esfuerzos que hiciera le tomaba dificultad abandonar la cama. Entonces se percató de cierta fragilidad en su cuerpo. Pudo distinguir sus seis patas moverse con cierta desesperación para incorporarse, y en cada intentó caía en su propia intranquilidad. Su metamorfosis había comenzado de la misma manera que a Samsa; de la misma forma que la historia de Kafka en su principio.
Y recordó lo leído en la historia de Kafka, y lo sucedido a Samsa a lo largo de la misma. E intentó asimilar el inexorable final:
"¿Y ahora?,se preguntó Gregorio mirando a su alrededor en la oscuridad. Pronto comprendió que no podía moverse absoluto.Esto no le asombró: al contrario, no le parecía natural haber podido avanzar, como había hecho hasta entonces, con aquéllas patitas tan endebles.Por lo demás, se sentía relativamente a gusto. Si bien le dolía todo el cuerpo, le parecía que el dolor se iba atenuando poco a poco, y pensaba que, por último, cesaría. Apenas si notaba ya la manzana podrida que tenía en la espalda y la infección blanqueada por el polvo. Pensaba con emoción y cariño en los suyos. Estaba, si cabe, aún más convencido que su hermana de que tenía que desaparecer.
Permaneció en un estado de apacible meditación e insensibilidad hasta que el reloj de la iglesia dio las tres de la madrugada. Todavía pudo vislumbrar el alba que despuntaba tras los cristales. Luego, a pesar suyo, dejó caer la cabeza y de su hocico surgió débilmente su último suspiro."
(...)
Comentarios
Publicar un comentario